En diciembre honramos el año, en enero escribimos nuestras intenciones, en julio hibernamos. Por lo menos esos suelen ser mis ritmos, aunque siento que cada vez los ciclos se acortan y sentarme a soñar cada doce meses queda lento en comparación a lo que mi vida va cambiando. ¿No les pasa?

Propongo que en agosto recalibremos. Agosto es la víspera de la primavera, cambio de placard, vuelta de vacaciones de invierno… y si no es nada de eso, no importa. Lo declaramos y ya.

Definamos recalibrar como un tiempo de pausa para volver a centrarnos y conectarnos con quiénes queremos ser, hacer ajustes conscientes y a tiempo para no perder el poder de diseñar nuestra vida.

Volvé sobre lo escrito

Si sos de escribir tus intenciones (o resoluciones) a principio de año, leelas y pensá con qué de todo eso te querés quedar. Sí, son editables y actualizables. Qué alivio sencillo, ¿no? La siguiente consigna es tomar las que quedan vivas y ver qué está funcionando en tu actitud para que las vengas cumpliendo o no. Si estás lejos de alguna, renová compromiso pero cambiá el método.

Si hacés un balance de fin de año, leé el del 2015 y empezá a proyectar cómo completarías el del 2016. Este contraste dispara un ejercicio similar al anterior.

Hacé preguntas disparadoras

Tomate un rato para vos y jugá a responder algunas de las preguntas y ver con ganas de qué te deja lo que queda del 2016. Desde ya que podés inventar tus propias #PreguntasConLuz:

¿Cuál es el mayor peso en mi mochila hoy? ¿Qué situación disparó mi mejor versión este último tiempo? ¿Qué es lo que más entorpece mi día a día? ¿Qué momento de la semana es el que espero con más ansias? ¿En qué me estoy volviendo experta? ¿Qué me gustaría saber hacer mejor? ¿Hay algún vínculo que me gustase reparar pronto? ¿Qué no estoy diciendo que me debería exorcizar? ¿Cómo estoy tratando a la gente que más me importa? ¿En qué siento que pierdo el tiempo? ¿Hay algún gusto que postergo darme?

Desprogramate de a poco

Intencionamos como locas, hacemos visionboards, nos ponemos métricas pero muchas veces caemos en los mismos patrones que nos impiden ser esas que nos propusimos ser. Sin apelar a la veintena de teorías, filosofías, métodos y hasta religiones que explican estas limitaciones, podemos asumir que estamos dentro de una matriz, un programa, un set de paradigmas, un corset de mandatos que inconscientemente nos atan.

Probemos con empezar a distinguir esta caja invisible que delimita nuestro status quo interno. Juguemos a observar qué nos rige realmente y ver si esto ayuda a ir desprogramándonos para así recalibrar mejor. Cuando tengamos miedo, bronca o tristeza, mencionemos su origen y luego digamos “no creo que sea eso solo” y vayamos más atrás. Cuando sintamos éxtasis, empoderamiento y alegría, estemos atentas a los autoboicots y qué postura de escasez vienen a defender.

Recalibrar es volver a hacernos cargo. Es conectar con nuestro merecimiento. Es saber que somos un eterno prototipo y que esto es un bendito juego. Quemá la caja, apagá el programa y escuchá tu propia voz. Porque si vos podés, yo también voy a poder.

May.

Columna publicada en revista Ohlalá en el mes de Agosto de 2016.