Dietas protéicas. Cómo organizar el cajón de ropa interior. Finanzas con abundancia. La importancia del protector solar. Estimulación temprana con tips Montesori. Apps de productividad y otras de meditación.

Consumo todo esto. Soy una mujer de estos tiempos. Y si me distraigo un rato, estas cosas empiezan a ocupar mi atención, energía y a rellenar mis días. La pregunta que traigo hoy es: ¿será que todos estos cuidados tapan nuestra verdadera evolución?

“Bueno, no te pongas dramática con tu existencialismo escorpiano de domingo”, me indico. Llamaré entonces verdadera evolución a ese estado de mejora y tranquilidad interior. A esas acciones que nos llevan a sentirnos mejor con nosotras mismas donde las exigencias externas tienen menos influencia y donde podemos ver nuestra vida sin nudos en la garganta o contractura en el cuello.

Lo que a veces observo es que hay tanto estímulo de cuidado personal, de productividad para alcanzar nuestras metas, empoderamiento de nuestro cuerpo, que resulta cada vez más sencillo sentir que estamos haciendo cosas por nuestro propio bienestar. Lo celebro y hoy voy más allá, como siempre en estas búsquedas compartidas.

Veo a gente a mi alrededor (y muchas veces a mí misma), con todo encaminado pero con un peso enorme encima, con los mismos enrosques personales de hace cinco años. Con enojo, miedo o rencor. Por eso hoy me pregunto, ¿cuánto hacemos por nuestra propia sanación? ¿cuánto nos ocupamos de esto? ¿qué tan acostumbrados estamos a ir por la vida con una mochila pesada llena de mandatos, rencor y dolor, con olor a naftalina?

Para evolucionar siempre hay que sanar. Así lo siento y así lo he vivido en cada etapa de mi vida. Y para sanar hay que ver, hay que ocuparse – no se puede tercerizar. En estas columnas, no quiero hacer generalizaciones por los casos que necesiten ayuda profesional, pero sí ofrezco un consejo que gran parte de las veces sirve enormemente: Tengamos conversaciones que importan.

No posterguemos las charlas de corazón, no dilatemos traer verdad y claridad, no prioricemos más al otro por sobre nuestro propio cuidado. No dejemos pasar más días o meses sin hablar sobre lo que traiga entendimiento. Aquí algunos consejos para encarar esas conversaciones:

Escribí primero. Escribir nos trae orden, y gracias a la catarsis en papel, evitamos vomitar al otro exageraciones y suposiciones sin fundamento. Releernos ayuda a editar lo que importa y nos prepara para una conversación más sana y centrada.

Encontrá tu punto. Lo que más rescato es la claridad que me trae hablar con otros. Funciona como un espejo donde mi mejora pasa más por el proceso interno de entendimiento que por lo que el otro dice.

Elegí el momento. El contexto es 50% de la charla. Elegí un momento donde haya tiempo, sin interferencias y sin audiencia (hijos en charlas maritales, por ejemplo). Pero ojo, que este paso no sea excusa para postergar charlas un semestre. Armá el momento, empujá tu necesidad.

Hablá desde tu corazón. Recordá que nadie puede debatir lo que sentís. Si hablás desde tu lugar y lo que a vos te pasa, no debería haber enfrentamientos destructivos.

Hoy propongo extender el cuidado personal a un nivel más profundo porque todos merecemos vivir en nuestra más alta vibración.

May.

Columna publicada en revista Ohlala en julio 2017.

 

+ info:

Podemos negociar mejor” es una columna de Abril 2015 que puede servir para algunas de las conversaciones que buscaremos tener.

Lee sobre el “Hoʻoponopono”, práctica hawaiana sobre la reconciliación. Uso este mantra: “Lo siento mucho. Por favor, perdóname. Te amo. Gracias.”