Salgo de una reunión súper excitada, camino unas cuadras y las manos me empiezan a transpirar… ¿qué acabo de hacer? Me encanta este grupo de gente y lo que nos propusimos hacer, y por eso les dije que iba a colaborar sin dudarlo. Sin embargo, no pasaron ni diez minutos y me doy cuenta que tal vez no es el mejor momento para sumar más cosas a mi mochila de obligaciones. Esa noche, sin poder dormir, abro la compu y le mando un mail a todo el grupo pidiendo disculpas, aclarando que estoy determinada a sólo decir que sí cuando puedo dar el máximo de mi juego y que por este año no puedo tomar más responsabilidades. Siento un alivio inmediato que me ayuda a dormir el resto de la noche.

¿Les pasa? Sugiero entonces un desafío. Por una semana, revisen cuántas veces dicen que sí cuando en realidad quieren decir que no. Aplica a pareja, amigas, en el trabajo, familia. ¿Qué hay en juego? ¿Qué entraría en conflicto si decimos que no? ¿Lo repetimos con alguna persona o contexto en particular?

Alci, mi madre coach, dice que hay dos cosas de las cuales somos custodios: nuestra libertad y nuestra dignidad. O sea, solo nosotras podemos defender nuestro poder de elegir y de decir que sí y no honestamente.

Podemos decir que sí por costumbre, peso social, miedo a que nos rechacen o no nos vuelvan a tener en cuenta. El primer paso es darnos cuenta que nos pasa. Y después ir viendo cómo corregirlo.

Si te cuesta dar respuestas alineadas a lo que querés que pase o sos una cebada (yo), tal vez algo de esto pueda ayudar:

“Dejame pensarlo”, tan simple y educado que no entiendo por qué no lo usamos más seguido. Nos da tiempo a analizar la situación y a que el compromiso sea real.

– Recordá que si decís que sí porque la otra persona te importa mucho pero no querés hacer lo que te pide, seguramente resientas el vínculo y no des lo mejor de vos. En cualquier relación sana negociamos y hacemos cosas que no nos maravillan, acá no hablo de volvernos tiranas sino de no decir que sí por complacencia extrema.

– Si dijiste que sí, tenés tiempo de redireccionar. Como en mi ejemplo, siempre podés explicarte y decir que no. Sólo te diría que lo pienses dos veces si sos de dejar las cosas por la mitad (abandónica) o sólo te agarró miedo… en esos casos, hacete cargo y hacelo.

– Si tu respuesta no es un “¡por supuesto!” entonces que sea un “no, no puedo” por default. Después de un tiempo, lo balanceás.

En la búsqueda de conocernos mejor y escucharnos, vamos a enfrentar muchas veces nuestra identidad pública (cómo nos ven los demás) contra la que internamente estamos diseñando. Les pido me crean que a la larga, vale la pena abrir los ojos y escuchar nuestros deseos. Y cuanto antes, mejor.

Entonces, ¿aceptan mi desafío?

May.

 

+ info:

01. Un recreo: volver a ver Novia Fugitiva y prestar atención a cómo le gusta comer los huevos a Maggie. Estar tan atentas a gustar a los demás a veces hace que nos desconozcamos.

02. “how to say no to people who want to pick your brain” de Marie Forleo. Ella es un titanic con su escuela de negocios y da tips muy prácticos para implementar. (videos solo en inglés).

 

Esta columna fue publicada en el mes de Junio de 2015.


En el blog:

Creo que esta columna marida muy bien con una anterior en donde les comparto algunas ideas sobre cómo filtrar proyectos. Tal vez la mayor diferencia es que acá abordamos también vínculos más personales y esos pedidos que tal vez no entran en la categoría “proyectos”.

Hace unos meses decidí aplicar los consejos del video de Forleo y decir que no de manera honesta al pedido de encuentros con desconocidos a tomar cafés e intercambiar ideas. Me costó mucho al principio, pero ahora entiendo que es cuidar mi espacio, mi vida y mi tiempo. Y fue limitar más lo que me drenaba de energía.

¿Cómo manejan ustedes el decir que no?