Que las suposiciones no nos reinen.

En mi zigzagueante carrera profesional, renuncié dos veces porque no me sentía valorada. En ambas ocasiones, mis jefes intentaron retenerme ofreciéndome aumentos y ascensos. Ya era tarde para mí.

Estuve 7 años de novia y, después de convivir un tiempo, empecé a sentir que estábamos estancados y juntos simplemente por rutina. Hice un duelo en silencio y finalmente decidí terminar la relación. Mi novio de aquel entonces me confesó que había estado buscando anillos la semana anterior. Ya era tarde para mí otra vez.

Unos años después de estos episodios llenos de confusión, leí “Los Cuatro Acuerdos” de Miguel Ruiz. En su simple y profunda filosofía tolteca, propone que no hagamos suposiciones. Me partió al medio.

Exploré mucho el tema y comprendí que por ser tan analítica (¿y mujer?) vivía haciendo suposiciones de lo que los otros debían estar pensando o sintiendo y de lo que “la realidad” reflejaba. ¡No, no, no chiquita!

El tema es que las suposiciones son producto de nuestra imaginación. Son explicaciones instantáneas que fabricamos para intentar entender lo que nos pasa. Pero una vez que las hacemos, nuestra mente las toma como verdades absolutas. Y nos reinan.

Hacemos suposiciones todo el tiempo. Algunas son cotidianas y se basan en lo que alguien nos dijo o dejó de decir y hay veces que ni siquiera eso. “Mejor no pido el viernes para irme al campo, no me van a dejar. Cancelo”. Otras son enormes, por ejemplo, podemos imaginar que cuando decidimos armar una familia vamos a coincidir en la educación de nuestros hijos sin siquiera conversar al respecto. Lo asumimos.

¡Horror! Lo no dicho, lo no preguntado puede afectarnos por el resto de nuestras vidas. Podemos tomar las peores decisiones por evitar verificar si lo que imaginamos es o no es.

Evidentemente el consejo sería: hablá a tiempo, sostené conversaciones sinceras desde el corazón, promové hablar de los temas en los que necesitás claridad y paz. Todo bien, pero me pregunto por qué en esos momentos tan cruciales no lo hice. Y estimo que siempre fue por lo mismo: miedo.

El problema es que el miedo a preguntar sólo ayuda a darle fuerza a nuestras suposiciones. Por no sacarnos dudas las sostenemos por más tiempo y buscamos “evidencia” (más suposiciones) que las justifiquen.

Cuando detecto que estoy teniendo pensamientos que son principalmente suposiciones, intento verificarlas para no basar mis decisiones en adivinanzas. Pero para no paralizarme por miedo, me digo “¿qué es lo peor que puede pasar si pregunto esto?”. Prefiero mirar de frente mis fantasmas porque ya sé que las consecuencias de no hacerlo siempre son peores.

La buena noticia es que, una vez que empezás a tener conversaciones más valientes y directas, te das cuenta que no pasa nada grave. Te acostumbrás a no irte de mambo imaginando cosas y evitás dramas innecesarios.

Pero está el otro lado de este asunto: cuando quienes nos rodean están interpretándonos mal. En mi vida personal, intento hablar sobre mis intenciones (¿recuerdan la columna del mes pasado?) y de dejar en claro si estoy transitando estados anímicos que pueden hacerme decir frases no felices. “Estoy muy sensible y cansada esta semana, teneme paciencia por favor” puede evitar miles de roces innecesarios.

No sé si estoy más vieja o vaga, pero últimamente dejo que fluya. Cuando empiezo a suponer lo que otros piensan de mí, alejo el pensamiento y hago foco en el momento, en lo que es y lo que hay. El tiempo dirá y se encargará de mostrarme el camino.

Mis pensamientos son poderosos y generan mi propia realidad, intento ser yo quien los reine, y no viceversa.

Menos cabeza,

May.

 

Columna publicada en revista Ohlalá en el mes de Octubre de 2014.


Sumo en el blog otro ejemplo:

Cuando nos toca trabajar en duplas o equipo, sirve mucho repasar al final qué entendió cada uno sobre cierta situación o los pasos a seguir. En otras culturas más “funcionales” este chequeo final es rutina al final de las reuniones y evita que equipos de trabajo pierdan tiempo basados en suposiciones. Al principio les parecerá tedioso, pero no saben lo que ayuda.