Qué placer estar presente en esta comunidad de mujeres en la edición número 100. Celebro compartir pensamientos, preguntas y ampliar miradas entre tantas voces femeninas. Jugando con el cien y su perfección, me invitan a pensar en esto de autoexigirnos y querer llegar siempre al cien en todo. A mi juego me llamaron: soy escorpiana, de esas que declaran su autonomía desde la incubadora con pulmones sietemesinos.

Autoexigencia, te conozco perfectamente. Sé lo que podés hacernos crecer por cuestionar estándares y conozco el daño que provocás cuando nos vamos de mambo y nada, salvo el cien, alcanza. Por eso hoy, me dispongo a compartir dos puntos de vista que uso para lidiar con esta característica tan zarpada que algunas de nosotras tenemos.

Después de años de intentar ser la alumna ejemplar, la deportista ejemplar, la hija ejemplar, la adolescente que no podía ser adolescente porque, si no, dejaba de ser ejemplar, empecé a transitar mi vida adulta. Y el patrón continuó, solo que ya estudiaba Ingeniería y trabajaba.

Todo tenía que salirme bien, siempre. El problema es que cuando la perfección se vuelve estándar, empezamos a creer que, si no la sostenemos, vamos a desilusionar a media humanidad –como si alguien estuviese tan pendiente, jaja–. Así fue, hasta mitad de mis 20, cuando sufrí un ataque de pánico en época de finales y me pregunté: “Para qué me sirven los 100/100”. No tenía la más mínima idea. No había respuesta.

Como mi camino de evolución personal tiene mucho de autoinvento de consignas y máximas para mí misma, me dije: “Nadie te va a dar una medalla, si estás esperando reconocimiento, no va a suceder, no vale la pena hacerlo por eso”.

Esta obviedad liberadora volvió en formato de pregunta cuando fui mamá. Recuerdo estar limpiando con Cif las zapatillas de Milo a sus 3 años para el jardín, a las once de la noche, como todas las noches, y me pregunté: “¿Exactamente a quién puede importarle que un nene de 3 años tenga sus zapatillas impolutas?, ¿de quién estoy esperando reconocimiento?, ¿acaso esto es prioridad si estoy tan cansada?”.

Empecé a hacer este ejercicio de recordarme que nadie va a venir a darme palmadas por mis ridículos estándares y así logré enfrentar mi ego… porque el perfeccionismo tiene mucho de ego. Este trabajito de desprenderme de la mirada ajena logró bajar muchísimo mi autoexigencia.

Por otro lado, creo en el esfuerzo –si no, no tendría estos temitas–. Creo que pocas cosas que valen la pena se logran sin sudar la camiseta. Y como en tantas columnas hemos conversado, siento que como mujeres debemos proponernos subir nuestro propio estándar, lo que creemos poder hacer y lo que creemos merecer.

Podría parecer contradictorio, pero no lo es. Lo que me salva de caer en una paradoja es que los de afuera son de palo: es muy distinto querer alcanzar objetivos que parecen enormes porque encontramos un propósito en nuestras tripas que nos da la energía para alcanzarlo que por querer complacer a los demás.

En resumen, andá por el cien siempre que sea TU cien.

Como dice mi socio, esfuerzo sin forzar.

May.

+ info:

El libro de Brené Brown “Los dones de la imperfección: Líbrate de quien crees que deberías ser y abraza a quien realmente eres” estudia este tema tan trillado hoy con foco en la autoestima.

La charla Ted de Reshma Saujani “Teach girls bravery, not perfection” refleja un punto de vista que hablamos en varias columnas, no te la pierdas.

Columna publicada en Revista Ohlalá en julio 2016.